
«El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico: lo que cuenta es el valor para continuar.» – Winston Churchill.
Hace unos años, en medio de una planta industrial, me enfrenté a uno de los desafíos más grandes de mi carrera: reducir de manera agresiva el costo de un producto clave optimizando su proceso de producción. Este producto, a diferencia de otros que había trabajado en la industria de consumo masivo, tenía apenas doce años en el mercado. Su curva de aprendizaje era inmensa comparada con la de productos que llevaban más de un siglo en producción. Cada día era una batalla nueva, un intento de estructurar las mejores opciones de ensayos y enfocarnos en las etapas críticas para maximizar el rendimiento y, con ello, impactar directamente en el precio final.
El tiempo avanzaba implacable. Hicimos innumerables pruebas de ensayo y error, probando teorías, tesis y procesos similares con diferentes materias primas. Pero los resultados en escala de laboratorio no eran alentadores. Semana tras semana, seguíamos el mismo flujo de trabajo en planta, y, como era de esperarse, obteníamos los mismos resultados. Era como intentar conectar un cuerpo circular con uno recto: todo parecía incompatible, y los recursos limitados no hacían más que aumentar la presión.
Pero una noche, alrededor de las 23:00 horas, mientras aún estaba en la planta, algo cambió. Terminé de leer una tesis escrita por una doctora indonesia que, aunque solo abordaba una de las catorce etapas de nuestro proceso, tenía un enfoque revolucionario. Su explicación sobre el «por qué» y el «para qué» de ese cambio era tan coherente con la base química y el desempeño de nuestra materia prima que no pude evitar sentir que estábamos ante una oportunidad única. «Esta es la opción», me dije. Y decidimos probarla.
Seguimos todos los protocolos: pruebas de laboratorio, repetitividad, ensayos industriales. Y, para nuestra sorpresa, funcionó. Ese ligero cambio en el proceso no solo mejoró la química del producto, sino que impactó directamente en el rendimiento y, por supuesto, en el costo final. Matemática simple, pero resultados extraordinarios. Implementamos el cambio de manera gradual, y hoy es una etapa clave en el flujo de producción de este SKU.
¿Con qué me quedo de esta experiencia?
- No bajar los brazos nunca: La persistencia es clave. Cada fracaso es un paso más cerca del éxito.
- Confianza pura: En ti, en tu talento, en tu poder y, sobre todo, en tu equipo. Sin ellos, nada de esto hubiera sido posible.
- Equilibrio: Este proceso no solo tuvo un costo profesional, sino también personal y familiar. Aprendí que no vale la pena sacrificar todo por el trabajo. Hoy, nunca me quedo tan tarde, pero todo fue parte del aprendizaje.
- Desaprender para aprender: La humildad de reconocer que no lo sabes todo te abre puertas a nuevas ideas y soluciones radicales.
Para aquellos que estén en una búsqueda similar, les comparto la página de búsqueda que me ayudó a encontrar esa tesis clave, junto con tres tesis increíbles sobre el camote, una materia prima con un potencial enorme en la industria.
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Tesis claves en Camote:
- Source-sink synergy is the key unlocking sweet potato starch yield potential
- Extracting Total Anthocyanin from Purple Sweet Potato Using an Effective Ultrasound-Assisted Compound Enzymatic Extraction Technology
- Comparative Analysis of Nutrients, Phytochemicals, and Minerals in Colored Sweet Potato (Ipomoea batatas L.) Roots
Si hasta esta parte ha valido la pena leerme, te pido que lo compartas para poder impactar en otros. Un abrazo.
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